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domingo, 19 de octubre de 2008

EL MOTÍN

Aquel día amaneció nublado por el horizonte. Espesas nubes grises cargadas de agua indicaban el cambio definitivo de estación. A su fino olfato llegó un lejano y fresco olor como a tierra mojada que un malestar de huesos confirmó de inmediato. Pensó que ese viento de levante presagiaba unas horas de travesía muy duras amarrado al -como él denominaba- duro banco de trabajo y que sus articulaciones se resentirían.
El llevaba días diciendo a sus compañeros que había que tomar la iniciativa frente a tantas arbitrariedades. A estas alturas a la mayoría los tenía convencidos y los escasos indecisos restantes se sumarían después sin problemas.
Porque de hoy no pasaba. Hoy debería ser la maniobra tantas veces pospuesta. Hoy era cuando había que armarse de valor y hacer volcar la situación. Hoy, costase lo que costase, había que pasar a la acción.
Y el era el designado.
Pese a todo no estaba seguro del apoyo de los demás cuando, si la cosa se torciese, rodaran cabezas. A buen seguro que la suya sería la primera. Pero el era hombre de palabra y pelo en el pecho. Y con agilidad suficiente para afrontar la empresa. Sus largos meses el alta mar pasados y su experiencia –de la que presumía- le decían que no había que dejar que la palabra dada se pudriese.
Hoy pues tomaría las riendas de aquella larga nave a la deriva y llena de compañeros que sufrían la falta de iniciativa del ingénuo que creía que la gobernaba y llevaba el timón. En juego estaba la salud de todos y, quien sabe si hasta la vida.

Cuando arribó descubrió desagradablemente que la cubierta había sido limpiada hace poco y que aún no se había secado debido a la humedad reinante. Chasqueó la lengua como viejo lobo de mar que se creía y maldijo por lo bajo aquel contratiempo que haría aumentar, sin duda, el peligro de la empresa pues no estaba su cuerpo para caídas y las preguntas posteriores, de difícil respuesta, en el muy presumible interrogatorio.
Pero no había dejado nada a la improvisación y alejó malos augurios. Sabía que disponía de tiempo suficiente y donde se guardaba el tesoro. Giró en silencio a babor pegado a las paredes y abrió una puerta vieja y disimulada en una esquina. Dentro, tras una mampara estaba su objetivo: eran pesadas y algo grandes cuales arcas antiguas de piratas.
Iba a llevarse dos, pero acordándose del número de sus compañeros, decidió llevarse una más por aquello de la solidaridad que existía entre corsarios y piratas, y había leído no sabía donde. Penosamente, con cuidado y algún crujido, una a una arrastró las tres.

Los hechos estaban consumados, no había vuelta atrás: las tres relucientes estufas estaban ya en medio de la clase y el caluroso del maestro segurísimo que interpretaba aquello como un motín. Y lo malo es que preguntaría quién era el jefe.

martes, 15 de abril de 2008

MANUAL

Antes de usar diariamente:
-Serénese. Respire a fondo y abra la puerta.
-No se equivoque y vaya a ocupar su sitio. Lo descubrirá al fondo.
-Evitará daños irreparables si sigue los siguientes pasos:

1.-Deslice su figura con aplomo a lo largo del pasillo central en la dirección antes indicada.


2.-Mientras lo hace, procure no tropezar pues ello será indicativo de cómo se desarrollará el día.

3.-Observe disimuladamente las aristas de los rostros más significativos. No mire directamente.

4.-Cerciórese de colocarse tras la mesa que se supone es la suya. En caso contrario lo notará por:
A: La airada mirada de su inquilino/a ya instalado/a
B: Porque se encontrará algo estrecho.

5.-Cuando ocupe su lugar asegúrese que la silla no esté de lado pues con los nervios, ya se sabe. Un error de este calibre puede acarrearle una fractura y el costalazo quedaría en la memoria del lugar durante muchos años, posiblemente durante generaciones y la anécdota derivaría en mito.

6.-Accione un tono neutro de voz para saludar y dar las buenas tardes. Procure que no le salga ningún gallo y que ciertamente sea por la tarde y no el turno de noche. Ello acarrearía sonrisas varias y hasta comentarios negativos de la parte más crítica.

7.-No podrá activar más de tres veces el mismo tono. Perdería la modulación inicial con el consiguiente riesgo anteriormente mencionado.

8.-Pasee la mirada a lo largo del lugar. Mire especialmente al fondo.

9.-Entrecierre los ojos, como recordando algo. Si lo hace bien:
A: Parecerá más interesante al sector femenino y por contra el masculino pensará que trama algo.
B: Evitará un brillo excesivo de sus ojos, producto sin duda de la conciencia del riesgo del momento, que podría ser malinterpretado.

10.-Baje la mirada. Pulse la cerradura de su cartera. Es eso que Vd. ha traído en la mano desde casa.

11.-Ábrala. Procure que no le tiemble el pulso. De ser así, busque su escorzo más favorable.

12.-Saque con decisión los folios – sólo los escritos- que deberá repartir. Mientras, intente sonreir.

13.-Repártalos. No olvide -¡por dios!- a nadie. Por las secciones más críticas pase rápidamente.

14.-Una vez en su lugar observe los rostros. Tiene dos posibilidades o un 50 % de acierto:
A: No pasa nada en especial. No hay reacción: ha tenido suerte.
B: Nace un murmullo que deriva en ruido. En este caso se ha equivocado de materia.

15.-Si el ruido insistente termina en jolgorio es que, además, se ha equivocado de clase.

16.-No se inmute. No diga palabra: ahora el gallo sería seguro.

17.-Recoja sus cosas y váyase a la clase de al lado. Seguro que ahora sí es la suya. Lo descubrirá por los rostros sonrientes y malévolos que esperan al nuevo maestro del Centro de Educación de Adultos de Priego.

18.-Procure no repetir los errores anteriores.



de Paco Córdoba

jueves, 10 de abril de 2008

RENCOR

Todos los días los veo venir. Todos. Poco a poco van ocupando sus mesas. Cuando llegan yo ya estoy en mi sitio y, aunque calladita, les oigo criticarme. Yo no digo ni pío pues mi carácter es así y, aunque antes estaba mejor vista, últimamente me cuesta aguantar tonterías. Creo que debe de ser cosa de los años porque –la verdad- ya tengo unos pocos.
Antes, al menos, el maestro se ponía de mi lado; era comprensivo pero ahora veo que los tiempos han cambiado. ¡Vaya si han cambiado! El otro día, precisamente, cuando algunas me criticaban abiertamente, ni siquiera él me salió a defenderme: al contrario, se puso de parte de ellas. No daba crédito a lo que oía cuando le díó la razón a la charlatana de la esquina que me tiene tanta manía. Sé bien lo que me llamó: vieja. ¡Vieja! Éso, a mi entender, no es malo: lo que significa es tener mas experiencia Pero lo dijo dos veces más en toda la tarde. Y podía haber empleado otra palabra. Qué falta de tacto...
La primera vez pensé que al hombre se le había escapado por puro despiste o bien porque trataba de apaciguar a la más criticona, pues le hablaba quedamente a ella, a ella solamente, pues sabe que es la más revoltosa. Yo, ni me inmuté y me hice la distraida. Pero al rato llegó a referirse a mí en los mismos términos. Y me llamó también "impredecible", que de mí se podía esperar cualquier cosa. Eso me dolió muchísimo. Por lo menos podía haber empleado otro adjetivo, ser más diplomático. Pero no.
Veo que ya ha tomado partido. Es evidente que ya no le importo nada. Yo ya soy un cero a la izquierda en esta clase. Y pensar que fue este maestro quien me trajo desde la otra punta del pueblo... Entonces fue cuando me juré que todos, incluido él, me las pagarían. Todos, sí señor. Mientras, yo como si nada, a lo mío, que para eso soy la reina del disimulo...
Antes eran las cosas de otra manera y más o menos a todas caía bien. Conozco a la mayoría, aunque cada año hay gente nueva. Antes eran todas mujeres y, desde unos años para acá, aparecieron hombres. Con ellos siempre me he llevado bien y me tratan con tacto. Porque yo reconozco que tengo mis prontos si me calientan. Sin embargo, con ellas siempre fue un poco diferente. Veo ahora que a las más mayores no les caí bien desde el principio pues tenía cierto encanto pero…. bueno, nos apañábamos todos en la clase y el clima era agradable.
Eso era hace tiempo. No mucho. Luego, la cosa se empezó a torcer: fueron ellas las que me empezaron a tomar manía. Primero -dije- fue la criticona de la esquina. Luego su compañera de al lado. Semanas después ya no eran dos ni tres, sino casi media clase. Aún entonces el maestro me defendía. Pero cuando empezaron los hombres por lo bajo a hablar mal de mí, eso, ya pasó de castaño oscuro. Ellos, que siempre me defendieron. Parece mentira…
No olvidaré nunca la tarde aquella cuando Manolo (“mi Manolo”, el que siempre a escondidas me trató divinamente) se puso de parte de ellas. De “ellas”, las que siempre me ponían de vuelta y media. Aquello me rompió el corazón.
Por eso hoy ya no siento pena. Hoy solo siento rencor...
De hoy no paso. Hoy será mi venganza. Venganza que llegará a todo el Centro de Educación Permanente de Priego.
Hoy, a las 6 de la tarde, y delante de todas y de todos, pienso hacerlo. Hoy sí tendrán un motivo verdadero para hablar mal de mí, para decirme que no sirvo, para llamarme vieja. Hoy dirán que se me han fundido los plomos. Hoy pienso dejarlos pasmados….
Porque hoy, como estufa, pienso dejarlos fríos.


de Paco Córdoba.

domingo, 30 de marzo de 2008

MALDITO PULSO

Le había costado casi dos meses largos lograr entender aquella dichosa máquina. Su hija y sus nietas decían que era cosa chupada, pero que le digan que a el aquello no le costó lo suyo: lágrimas de cocodrilo, algún que otro bajón en la autoestima y un asomo de taquicardia. No había sido fácil. Aunque puso gran interés, descubrió que, aparte de tener poca memoria era, según sus compañeros, era un auténtico manazas. Y eso que a la máquinita la trataba con cuidado y hasta le hablaba bajito y con cariño cuando no le miraba nadie.

Todo empezó meses atrás cuando, una tarde en el Centro de Educación Permanente, el incorregible de su maestro anunció a bombo y platillo ante todos sus compañeros que…. “ejem, ejem.. ¡tatachín! je, je… en este curso vamos a aprender a usar el ordenador”. Este hombre –pensó aquel día- es un peligroso optimista o, peor aún: los años que acumula le hacen un irresponsable de cuidado. El pobre no sabe bien lo que propone. Menudo soy yo para aprender a estas alturas de la vida a manejar ese cacharro. Y no digamos otros y otras de por aquí que conozco…. Veremos en qué acaba todo esto –se dijo.

Lo cierto es que lo que parecía una mera promesa, al cabo de unas semanas terminó siendo una realidad. Una tarde se descubrió sentado ante una especie de aparato mitad televisión, mitad máquina de escribir. Toda la clase –una de las mejores- estaba llena de flamantes ordenadores. Y encima se enteró que había sido precisamente el peligroso de su maestro, siempre propenso a ver el lado favorable de la vida, quien la había rotulado pomposamente como Aula de Informática. Además, ahora le había asignado una mesa para él solito con aquel diablo de aparato del que no tenía ni idea.

La verdad es que entre sus compañeros y compañeras las había ilusionadas con aquel trasto y eso a pesar que de su manejo ni controlaban. Estas solían ser siempre las más jóvenes de la clase. Pero entre las que ya peinaban canas, lo más cerca que habían estado de un chisme de aquellos era cuando se acercaban a fin de mes al banco a controlar su pensión y sacar algunos cuartos: entonces veían que la amable empleada de caja tecleaba algo con un aparato semejante que –por lo visto- lo sabía casi todo. Nunca a él le cayó bien el invento pues que de vez en cuando, burlonamente, se negaba a autorizarle retirar unos euros porque “se colgaba” –decían- cosa esta que siempre atribuyó como propia de los jóvenes y que, por corte, nunca preguntó en qué consistía.

En la primera sesión el Incorregible anduvo explicando lo que tenían delante. A él aquello no lograba entusiasmarlo e incluso le hacía gracia los nombrecitos que tenían que usar: que si puerto, que si memoria, que si archivo, que si virus, que si clic…. y hasta se rió con ganas cuando supo que tenía que coger “el ratón”. ¿Qué queréis que os diga? Todo aquello le parecía poco serio. Y, total, para poder escribir en una pantalla. Le decía al maestro que con un lápiz y una goma era todo más fácil y no gastaban luz. Estuvieron encendiendo y apagando el artilugio y moviendo una flechita llamada puntero. Tonterías –pensaba- éstos sólo son ejercicios de pulso.


Con el paso de los días llegó a descubrír que el chisme aquel era muy listo pues incluso subrayaba cuando tenía alguna falta de ortografía, y eso que el tenía pocas. Al chivato no se le pasaba ni una. Luego le gustó el poder aumentar el tamaño de la letra y hasta borrar frases enteras, y copiarlas, y cambiarlas de sitio, y escribirlas con un tipo más a su gusto….

Aquello le gustaba de verdad, claro que al Incorregible no le decía ni pío. Secretamente esperaba el día de la semana en que se trasladaban a la clase de los ordenadores. Las dos horas se le pasaban en un suspiro. Fue observando que a sus compañeras de clase les pasaba lo mismo al cabo de unas semanas... Aquellas sesiones eran una maravilla. Cierto es que cada vez descubría más posibilidades y que los mayores tenían que apuntar algunas cosas para recordar los pasos que debían dar. El apuntaba y así no se equivocaba cuando guardaba, borraba, etc.

Sí. Aquello terminó por gustarle de veras. Pero cuando definitivamente se rindió fué el día que se todos se conectaron a Internet y entraron en un sitio que veían la predicción del tiempo, con sus mapas y vistas desde satélite. Tanto le gustó que el Incorregible, al verle tan asombrado, le conectó al Google Earth, cosa que no sabía ni que existía y menos con ese nombrajo. Casi se cae de espaldas cuando vió por primera vez su calle y hasta el patio de su casa. El maestro le explicó que aquello era una foto desde un satélite, y que así estaba fotografiada toda la Tierra. Menos mal –pensó- que no le pillaron en calzoncillos cuando en verano riega las flores. Era maravilloso poder ver cualquier lugar del mundo con solo un movimiento de la mano y un dedo. Siempre le gustó viajar y los de su generación nunca pudieron.


Desde aquel día era él el que traía de cabeza al Incorregible. Quería saber qué más cosas podían hacer con el ordenador. Sin darse cuenta le había cogido cariño al aparato por lo que le aportaba. Descubrieron todos que se podían cartear con sus compañeros y compañeras. Entre ellos podían mandarse mensajes, escribirse, “mandar un emilio” decía el optimista del maestro. Eso fue el no va más, aunque no le hacía gracia pues ¿quién le escribiría con lo seco que era? Todos se mandarían mensajes y el quedaría en evidencia al no recibir ninguno y otros a buen seguro un montón.

La sorpresa es cuando, aparte del saludo del Incorregible que recibió un día y los de algunas compañeras de clase, asignadas por él seguramente, una tarde se encontró un simpático saludo. Firmaba Berta, y decía que era de otra clase. Le dió corte preguntarle al maestro si podía averiguar de qué ordenador procedía, y decidió guardarse el secreto. Desde aquel día, en cada sesión, al abrir el correo, se encontraba algo cortito de ella, pero nada importante. Hasta que un día se encontró unos versos. Berta le pedía que fuera discreto. Unos versos que le calaron hondo. Unos versos dedicados a el, que decían:

“Cuando mi vida se perdía
tras una cortina de años
en mi correo encontré la flor del tiempo
que sobrevivirá a mis desengaños”

Tan alegre y tan nervioso se puso que intentó que nadie más de sus compañeros lo vieran. Nunca le habían dicho algo tan bonito. Nunca escribió ni le escribieron una poesía. Pero no quería perderla. Lo primero que decidió fue copiar los versos a mano. Después, ya vería si respondía a la tal Berta, que no sabía si de verdad existía con ese nombre. ¿Sería de verdad de otra clase? ¿Y si tal nombre ocultaba a alguien de la suya? ¿Cómo preguntárselo al maestro?

Empezaba a sudar. Observó que el Incorregible no le quitaba ojo y hasta le dijo que qué sucedía. Quizás se acercara a ver qué le pasaba. Y vería su pantalla. Lo que faltaba. Le empezaron a temblar las manos. Decidió que era más rápido guardarlos en la memoria del ordenador, en su carpeta de archivos. Buscó entre sus chuletas la forma de hacerlo. Volvió a mirar al maestro e intuyó que se levantaría, que sería la rechifla de la clase, que dirían que se había echado novia en el centro, que…

Sus dedos buscaban el dichoso papel. Leyó las instrucciones rápidamente: buscar en el ángulo superior izquierdo: clicar sobre Archivo, Guardar como, Carpeta… En ello estaba cuando al Incorregible lo descubrío a dos pasos de su mesa. Un sudor frío le recorría la espalda. Miró la pantalla y vió que la flechita del ratón se movía como loca pues su temblorosa mano no dominaba el ratón. Con todo, sin pensarlo dos veces, apretó su tecla izquierda y le dió la orden: ¡clic!… Ya estaba. De buena me he librado –pensó.

Segundos después, frente a todos, la única impresora de la Clase de Infórmática escupía escandalosamente los versos de Berta ante el asombro del maestro. Maldito pulso –tartamudeó.
de Paco Córdoba.

martes, 25 de marzo de 2008

ABDELGHANI

Intentó escribir otra línea más. Intuía que esta vez tenía más faltas de las habituales y que incluso se estaba comiendo alguna que otra letra. Le costaba hilvanar las frases que se le apelotonaban en la mente para poder explicarse. Era verdaderamente difícil poder explicar con palabras los sentimientos que pasaban por su cabeza. Notaba que el lápiz no llevaba muy bien la horizontal que las líneas debían tener, pero esta vez, contra lo habitual, le importaba un pimiento. Se esforzaba en contar, en escribir, en decir con letras, en expresar al fin y al cabo el dolor que ella sentía.
Quería desahogarse contando que, a pesar de la diferencia de edad, había conocido un compañero amable y atento y al que poco a poco había tomado cariño y quería como a un hijo, aunque nunca se lo había dicho. Y lo peor es que ahora tiene la certeza de que nunca más tendrá la oportunidad de decírselo….
Recordaba ahora sus prejuicios cuando lo tuvo por primera vez enfrente. Bien es verdad que algún año lo tuvo más lejos y otros lo tuvo más cerca. Hasta que el año pasado cayó a su lado. Y aquello fue definitivo. Entre los dos se estableció una química especial que rompía moldes…
Recordaba ahora que últimamente bajaban juntos las escaleras bromeando sobre los escalones, la lluvia, la gente o sobre la diferencia de estatura entre ambos…
Recordaba también el trabajo que le costó aprender su nombre y poder pronunciarlo. Y se dio cuenta que ahora podía incluso saludar en su idioma, lo cual le hacía verdadera ilusión. Y que “la prisa mata” era –con acento andaluz- algo así como “lizredmet”, cosa que ella bien repetía cuando le convenía….

Con el paso de los meses concluyó aquello de que el hábito no hace al monje. Con las semanas llegó hasta a saludarle por la calle, primero tímidamente y sólo a él, luego incluso a él y sus amigos. Con lo tímida y asustica que ella era, quién lo hubiera dicho. Porque ella cambió. Ella era otra.
También ellas eran otras. Ellas, que pocos años antes incluso cambiaban de acera al ver gentes de tez morena, habían sufrido un cambio radical. Y todo por su joven compañero…

Porque Filo, a sus 67 años, escribía sobre Abdelghani.
Una indignación, una rabia enorme le corroía. Una pena infinita le llenaba el alma. Y otra lágrima suya cayó sobre el folio que tenía delante. Entonces es cuando vió que no podía más. Llorando a lágrima viva se levantó y le dijo al maestro que se iba a su casa.

Y es que a su compañero marroquí lo habían expulsado. La policía lo había repatriado hoy, 14 de marzo por sorpresa.



de Paco Córdoba

martes, 18 de marzo de 2008

ALTZHEIMER

Ay, esta cabeza mía…

Tengo dos vecinas. Pero hay un hombre que, cada vez que pasa por aquí, me mira y sonríe. Se lo comento a una de ellas y va y me dice con guasa que es porque me conoce. Mi otra vecina de al lado es muy charlatana y me pregunta cosas. Eso me lía y confunde pues se refiere seguro a otra persona.

Ay, esta cabeza mía...

El hombre pasea y habla, me mira y sonríe. Pasea y habla y me vuelve a mirar. Y voy a terminar por ponerme colorada. Pero se lo diré a mi hermana mayor. Yo lo que tengo es que salir pronto a comprar para hacer la cena. Pero el pesado del hombre este no creo que me deje. El caso es que me suena la mujer que tengo enfrente. Debe ser una amiga de mi padre. Le preguntaré al hombre sonriente cuando pase otra vez que cuándo viene a recogerme. Hoy estoy más aturdida y nerviosa.

Ay, esta cabeza mía…

Me marea que mi vecina me pregunte cuál es su nombre pues éso quien debe de saberlo es ella. Veo que todas estamos sentadas, pero no sé qué esperamos. Debo pelar las patatas pero lo que me han puesto delante es un bolígrafo azul y con eso no se puede. El azul del cielo es más bonito que otros colores. Espero que mamá no me riña por haber tronchado hoy una maceta.

Ay, esta cabeza mía...

El hombre ese que tanto me suena viene de nuevo. Y me dice, otra vez sonriente, que ponga mi nombre. Pero no sé para qué si yo lo que tengo que hacer es un recado. Mi vecina dice ahora que somos amigas desde hace muchos años. Esta mujer es una exagerada pues es mucho vieja que yo. Ella me señala ahora la mesa. Pero ¿por qué tengo un papel delante? Mi otra vecina dice que el maestro me está esperando. ¿Quién, dice..?

Ay, esta cabeza mía…



de Paco Córdoba

S DE SABER

Él sabe ya que en los trabajos cobrará menos que otros compañeros que hagan lo mismo.
Él sabe que no le alquilarán fácilmente un piso cuando el dueño descubra el color de su piel y que es del sur.
Él sabe que en la mayoría de los bares no será bienvenido o disimuladamente tardarán en servirle.
Él sabe que, cuando pasee por la noche con sus amigos, siempre asustará a las ancianitas ignorantes.
Él sabe de sobra que su pretencioso y engreído jefe es más ignorante aún que él. Y que teme reconocerlo.
Él sabe que en cualquier supermercado resultará sospechoso si observa los productos con detenimiento.
Él sabe que las muchachas evitarán caminar por su misma acera y que grupos de muchachos lo mirarán con recelo.
Él sabe lo que es la distancia y el estar de verdad lejos de sus ancianos padres y de su familia.
Él sabe lo que es la angustia y el miedo tras cinco días de patera o seis escondido en la bodega de un barco.
Él sabe que el empeño de aprender exige un sacrificio, a pesar de intuir que no siempre tiene la merecida recompensa.
Él sabe ya, con certeza, que el racismo nace y crece con la ignorancia en cualquier lado.

Lo que él no sabe es que es mejor persona que muchos y que su maestro está orgulloso de él.
Que es sólo suyo el mérito que haya aprendido a leer y escribir español, contra viento y marea, sacándole horas a su merecido descanso y al sueño.
Y que le gustaría tenerlo por amigo pues le ha enseñado cosas y valores que no se aprenden en la universidad, sino en la vida.


de Paco Córdoba

PRIMERIZA

No durmió bien ese día. Y desde primera hora de la mañana ella se había encontrado algo rara. Ya al desayunar sus chiquillos se extrañaron que no les riñera por querer ver los dibujos de la tele. Tambien su marido se sorprendió que le dejara comerse todas las magdalenas que quisiera y sin decirle ni pío ni regañarle.
A media mañana, mientras bajaba las escaleras de casa camino de la compra sintió cómo ya le pesaban las piernas y se cansaba. Se dijo que no era vieja ni mucho menos, quizás tan solo una primeriza.
El caso es que, con la cabeza en otra parte, el del pescado le vendió todo lo que quiso y en el kiosco del periódico se extrañaron cuando –ella tan seria- la vieron llevarse varias revistas de cotilleos como si nada.
Ya en el almuerzo su comprensiva familia ni rechistó cuando les obligó a apurar a cada uno su plato de lentejas recalentadas. Ellos esperaban que pasara como fuese ya de una vez ese trago. No será para tanto, mujer, -le decía con sorna el pasmarote de su marido.
La verdad es que tenía la verdadera ilusión de toda primeriza. Su cuerpo no daba para más, ni sus piernas, ni sus manos, ni sus nervios, ni… Por fin llegaba la hora. Que pase todo ya de una puñetera vez, se decía.
Y de golpe todo pasó… más o menos a las cinco de la tarde.
Entonces la nueva alumna abrió la puerta de su clase del Centro de Educación Permanente de Adultos de Priego.

de Paco Córdoba