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miércoles, 30 de abril de 2008

PALÍNDROMOS EN CLASE

Muchos de mis alumnos son producto de un milagro:
Aunque a primera vista son veinteañeros y con una madurez presumiblemente afianzada.

Sin embargo, como ignoran gran parte de los conocimientos básicos necesarios, se pasan los primeros días del curso aprendiendo lo que ya deberían dominar.

Con el paso de las semanas la mayoría des-maduran y rejuvenecen, convirtiéndose en muchachos y muchachas llenos de una vitalidad que inunda nuestras clases.

Cuando alcanzan ya el fin del primer trimestre, des-estudian y creen mayoritariamente en que determinados golpes de suerte les salvarán.

Meses más tarde esos alumnos des-juvenecen y alcanzan unos de los momentos más felices de sus vidas, especialmente con la llegada de la primavera en que, curiosamente -por empatía y simpatía- explosionan e ignoran obligaciones y hasta empiezan a faltar a clase cual niños que solo tontean y juegan.

Con el paso de las semanas, la mayoría des-infantilizan en una etapa posterior y en un proceso que se acelera vertiginosamente que suele desarrollarse a lo largo del tercer trimestre.

Después alcanzan plenamente la fase pseudo-natal durante la época estival en la que piden y exigen todo, dependiendo absolutamente de sus sorprendidos padres.

Sin embargo, como ignoran gran parte de los conocimientos básicos necesarios, se pasan los primeros días del verano aprendiendo lo que ya deberían dominar.

Aunque a primera vista son veinteañeros y con una madurez presumiblemente afianzada.
Y es que muchos de mis alumnos son producto de un milagro.

de Paco Cördoba

viernes, 25 de abril de 2008

ÚLTIMO SMS

Pp: uso l mvl xa dcrt ktdjo xq slo mjr. Toy knsda dtu krktr pro sl raldd. Bo kse mskp la vid kntgo. No ai + kdms? Xmi s + san str dnd kero. No kero + bss i skss. Kro bbr d otr mnr. L smn psd m sñlst l kr. Sl ultm b pp. Ers mxsta, rdinro i violnto. Kt agnt tu mdr. ¡¡Ktdn!!
Bai. NKRN



……


Pepe: uso el móvil para decirte que te dejo porque es lo mejor. Estoy cansada de tu carácter pero es la realidad. Veo que se me escapa la vida contigo. No hay más ¿quedamos? Para mi es más sano estar donde quiero. No quiero más besos y excusas. Quiero vivir de otra manera. La semana pasada me señalaste la cara. Es la última vez, Pepe. Eres machista, ordinario y también violento. Que te aguante tu madre. ¡¡Que te den!! Adiós. ENCARNA

jueves, 20 de marzo de 2008

LA ALDEA EN VERANO

Sonaban las chicharras por los huertos, caía el sol a plomo por las callejas de Los Chirimeros, por el Paseo del Portillo no se veía un alma y en la Plaza dos perros jadeaban con la lengua fuera los 45 grados a la sombra de una casa.
Era verano. Mejor dicho: eran las primeras horas de una tarde de verano en nuestro pequeño pueblo.
El “Pirri” se removía inquieto sobre una manta que su madre le había puesto en el suelo del soberao de su casa, “el lugar más fresquito de todo el pueblo” según decir de Dña. Josefa. Lo cierto era que el calor y sus doce años no le dejaban dormir la siesta a pesar que, para distraerse, se dedicaba a contar las cañas unidas con yeso de la porción de techo que tenía encima. Pero ni por esas.
Lo que el “Pirri” quería era salir de allí como sea, juntarse con el Manolico y Tobías “el de abajo” para que, juntos los tres, jugar al fútbol en el Callejón, único lugar que, aunque estrecho, se podía jugar al balón a la sombra en aquella hora. Claro es que había un inconveniente: el ruido despertaria a Ramona, vecina de armas tomar y que el “Pirri” temía mas que a su madre...
En estas estaba cuando su fino oido captó un rascar metálico en algún lugar del soberao. Aburrido y sin ganas de siesta como estaba se levantó despacio y, separando cacharros viejos que su madre guardaba -“para la Casa-Museo, cuando la hagan”- descubrió una orza olvidada, de las que servían para guardar el aceite para todo el año. De allí, abierta y vacía como estaba, procedía el ruido: dos ratas inmensas habían caido dentro y no podían salir.
El “Pirri, inquieto chaval donde los haya, famoso ya en la escuela local por su habilidad en capturar los más variados bichos eludiendo el posible peligro de picotazos y mordiscos, tuvo, como le ocurría todos los veranos, una idea.

Cierto era que alguna de sus inventivas veraniegas le habían dejado huella (coscorrones y castigos varios) pero a él, “futuro veterinario” según decir disculpatorio de Antón –su padre- nada le aminalaba.
Oía a su madre trajinando con los trastos de la cocina. Seguramente terminando de fregarlos -pensó. Su padre roncaba como nunca, -se dijo. Y su hermana mayor estaba “en automático”: viendo una novela rosa o cotilleos en la tele, “así se le seque el coco” –escupió.
Todo esto, lejos de fastidiarle a causa del olvido a que estaba sometido le causaba una extraña sensación de libertad.
Todos en casa creían que dormía allá arriba, encerrado. No sabían que cada vez que quería, agarrado a una vieja cañería exterior, saltaba al huerto familiar y a través del vecino, buscaba a sus colegas en las tardes calurosas de verano, de todos los veranos.
Nadie pues lo veía, nadie, absolutamente nadie había por las calles. Solo alguna que otra voz o musiquilla de una televisión sonaba. Las calles eran suyas...
Con una vieja red que el abuelo usaba para cazar pajarillos antes, en época de hambruna y de que casi todo estuviera prohibido, inmovilizó a las dos ratas y las introdujo en un viejo bote de pintura de 20 kilos.
Ágil, abrió los postigos de madera de las ventanas y con una cuerda bajó el bote con su cargamento hasta el suelo del huerto, unos ocho metros más abajo. Luego, él, agarrado a la cañería que tan bien conocía bajó en silencio al huerto. Solo “Corbata”, la vieja perra, levantó la cabeza al verlo, más que por el ruido por el temor a alguna trastada.
Calle abajo pasó por la Fuente de Los Chirimeros, a ésa hora plena de sol y de avispas como nunca. Bebió un poco de agua fresquita y con habilidad cazó una avispa carnicera, de las que pican y que él diferenciaba perfectamente de las buenas y amarillas por las pintas negras del rostro. A continuación, con un palito le despojó de su aguijón y, poniéndole un papelito de una colilla que encontró, la echó a volar.
Aburrido observó que las dos ratas se removían inquietas en el bote y, dando tumbos tiró calle La Fuente abajo.
Pasó por el Polivalente y recordó lo que su difunta abuela le contaba sobre los antiguos Lavaderos sobre los que se asentaba y de cómo conoció a su abuelo –entonces buen mozo, aclaraba- y que le esperaba bajo una parra cercana... así durante casi diez años, hasta que se casó en contra de la familia y todo.
El “Pirri”, por sus cortos años y luces nunca entendió de porqué a aquel edificio nuevo le había dado el Ayuntamiento un nombre tan extraño que le recordaba más bien a un moderno detergente de la tele y que más de una vecina mayor no acertaba a pronunciar.
En estos pensamientos andaba cuando Manolico se le unió ráudo y a la carrerilla los dos –con bote incluido- llegaron a la Plaza. Había que tener cuidado con alguno que pudiera divisarlos desde la penumbra del Dioni, el único bar abierto a esa hora en aquel horrible verano.
Los dos, bordeando la iglesia, pensaron en alguna vecina “de las de catequesis” que andara por allí; ellas solían ser amigas de su madre y se extrañarían de verlos juntos con su cargamento o, peor aún, les preguntarían por una oración de tiempos de la Primera Comunión que ya –a buen seguro- habrían olvidado, lo cual contarían a su hermana mayor y, ésta –¡chivata!- a sus respectivas madres.
Dando un rodeo por la calle Nueva fueron a buscar a Tobías para darle la buena nueva de las ratas, lo que sería más divertido que el futbito en el callejón. Se acercaban al Otro Ejío cuando se les unió a la carrera su inseparable compañero y, bajo la sombra de la Fuente de aquel barrio, espaldas apoyadas a la pared, tramaron qué hacer.
La calentura de la hora reblandeció aquellas cabezas afeitadas casi a cero e hizo forjar los más inverosímiles proyectos: que si soltarlas en algún huerto, que si en un contenedor, que si atarlas con un cable a alguna farola, que si guardarlas para el comienzo del próximo curso, que si soltarlas durante las fiestas del pueblo en pleno auge de La Peña... Pero nada era totalmente viable pues se exponían a duros castigos si los pillaban y el “Pirri” –además- no quería estrenar la nueva, y tremenda, correa que había comprado su padre.
Marcharon los por las afueras con la idea de dejarlas atadas en una zona de frecuente paseo al atardecer y así asustarían al menos a unas cuantas vecinas.
Subieron de nuevo para El Portillo y, buscando el lugar más adecuado, fue cuando lo vieron...

Allí estaba el tío, en bañador, todo fresquito y repatingado con un zumo en la mano. Y allí estaba “ella”: la nueva forastera venida de tierras catalanas, con dieciséis esplendorosos años –decían- que cortaban el hipo y las ganas de cenar a los tres amigos, sin que ellos acertaran nunca a explicar qué relación tenía la cosa biológica con la gastronomía.
Tras el seto del jardín de la casa, ellos al sol, observaron al padre y a su joven hija durante bastante rato hasta que Tobías, algo más mayor, dijo que empezaba a sentir mareos y que se le nublaba la vista. Manolico dijo que eso era lo que sentía su hermano mayor –según contaba- cuando estaba enamorado y que, je, je, a buen seguro que el Tobías ya estaba coladico por la nueva vecina del pueblo...
- ¡No digas cachifollás! –espetó el “Pirri”, algo mosqueado y notando que el tambien empezaba a notar parecidos síntomas y algo que barruntó como celos- Creo que lo que estamos pillando aquí es una solanera de agosto y sin sombrero –sentenció por lo bajini-.
Tobías se estaba quedando blanco por momentos y empezó a decir que quizás era verdad eso de que se estaba enamorando, que lo había leido en alguna revista como uno de los primeros síntomas...
- No entendéis nada de nada –siguió “Pirri”- mi hermana me dijo una vez que cuando uno se enamora no se marea sino que le tiemblan las piernas...
Al oír eso, Tobías que sí, que sí, que era verdad, pues a él ahorita mismo le estaba pasando.
- Me tiemblan las piernas... ¡mirad mis rodillas!...
Era cierto. Un tic nervioso en una de ellas, ya incontenible y que a simple vista se percibía, movía la rodilla izquierda del amigo.
En estas filosofías andaban cuando el tipo del bañador con el zumo, vuelto hacia donde ellos estaban, preguntó:
- ¿Quién anda ahí?...Anda, María, mira tras la valla. Parece que hubiera perros trasteando.
María, la dulce forastera, se levantó de la hamaca de plástico y se acercó hacia donde estaban ocultos los tres amigos...y entonces se dieron cuanta que estaba en bañador.
- ¡Virgen del Rosario! –musitó el “Pirri” todo lívido y viendo como se aproximaba a su escondite.
La joven se asomó al límite del jardín y allí descubrió a los tres jóvenes campeños sentados en el suelo, con un bote de pintura y sudando como locos. No se sabe si por el calor o por la vergüenza del momento.
Cuando pensaban salir corriendo ocurrió lo que menos hubieran esperado y deseado: oyeron una voz que les invitaba a un refresco. Y allí se sentaron los chavales que, sin habla, mareados, presuntas víctimas del sol o del amor, aceptaron beber delante de aquella belleza.
Al cabo de un rato todo iba viento en popa; la tartamudez inicial de Manolico menguó, la palidez de Tobías dio lugar a sonrosados colores en mejillas y cogote, y el mareo del “Pirri” se trastocó en fluida verborrea que no dejaba hablar a nadie. María reía con gracia las ocurrencias de los tres amigos y se mostraba natural con ellos sin importarle –parecía- la diferencia de edad.
Fue entonces cuando el padre se interesó por el bote que no dejaban.
- Es para pintar aquí al lado; así nos ganamos unos dinerillos –acertó a decir uno de ellos- Nos vienen muy bien para salir por la noche de marcha –presumió y redondeó Manolico-.
Pero ya fue tarde: el tipo había abierto la tapa de la lata. Dos hermosas ratas pasaron por entre los pies de la joven venus no sin que antes su padre, debido al susto, derribara la mesa y cayera de cabeza a la piscina.

A María le costó una semana recobrarse de aquello y durante el resto del mes de agosto no les dirigió –ofendida ella- ni la más mínima palabra...a pesar que los tres figuras se hacían los encontradizos en la puerta de los bares o por el Paseo del Portillo arriba, Paseo abajo...

Los últimos días de aquel mes en Castil de Campos fueron un calvario pues descubrieron para colmo que el tipo del zumo, el padre de la criatura por la que suspiraban, sería su nuevo maestro en el curso que comenzaba...
Pero lo que no aguantaban era que desde entonces les llamaron los mayores, con mucha guasa, “los tres enamorados”.

Y así fue, en aquel verano de 1997 en nuestro pueblo cómo tres jóvenes vecinos descubrieron qué duro es ser víctima de las habladurías... y del amor.
de Paco Córdoba

SOSPECHA


Aquel día se despertó con una sensación húmeda sobre la frente: su esposa estaba depositando amorosamente sus labios allá donde hace años nacía su gracioso flequillo. Era un beso tan lento y tierno que se sobresaltó pues no sabía exactamente si ello implicaba otra cosa, el preámbulo de... bueno, Vds. ya me entienden.
Antes de que pudiera reaccionar y fijar la vista para leer el posible mensaje en el fondo de sus ojos oyó una voz que le obligaba a quedarse en la cama con una promesa: “Tú quietecito, que ahora mismo te traigo un café con tostadas como a ti te gustan”. La verdad es que a la voz no le captó ningún matiz irónico, es más, con un susurro puntualizó: “o si lo prefieres me acerco a por churros, cariño”.
¿Tendría fiebre su mujer? No había ido a por churros en su vida. Por otra parte cosa lógica, teniendo en cuenta que el kiosco más cercano estaba a dos kilómetros y medio de casa...

No había terminado de espabilarse cuando, una cara que le sonaba, asomó por la puerta del dormitorio. Cayó en la cuenta que aquel rostro pertenecía su hijo mayor: el gandul de 32 años que vivía en su casa y que pasaban semanas sin que se viesen, bien debido a sus horarios, bien por su trabajo o los estudios... Bueno, era un decir, porque tenía entendido que el hombrecito (término usado por su madre para referirse a esa criatura que le chupaba su sangre, su sueldo y la gasolina de su utilitario) el “hombrecito” repetía por segunda vez el primer curso de la cuarta carrera universitaria que cursaba. Bien, pues el tal vampiro treintañero le saludó con un “¡Buenos días, papá!” que le hizo saltar las lágrimas, y eso que no era muy propenso a ello.
Antes de que se diese cuenta alguien y que dedujeran en casa que ya estaba chocheando hizo como que buscaba algo entre las sábanas y, ocultando la cabeza con la colcha de la cama, respondió desde el fondo de la improvisada cueva protectora de sus emociones con un tembloroso “buenos… días….! ...ejem.”

Cuando su cabeza asomó de nuevo ojeó extrañado la habitación. Un intenso olor a café y a tostadas con mantequilla entraba por la puerta entreabierta. La boca se le empezó a hacer agua con ayuda de esos misteriosos resortes de las papilas degustativas. Se imaginó el pan... ya tostadito y crujiente... con la mantequilla semidesecha por el calor...

Aprovechando que nadie lo veía se pellizcó un brazo. Después una pierna. Y cuando lo estaba haciendo con el lado derecho de su cara por quinta vez una voz de pito con matices conocidos le traspasó el corazón: “Aquí te traigo todo”.
Se trataba de su hija quinceañera, la que hacía meses no le dirigía la palabra. Con razón le sonaba. Aunque consideró que la que en tiempos fué una vocecilla graciosa ahora estaba dando paso a un no se qué lleno de dudosas...cadencias.
La voz de pito, en parte por los cambios de la pubertad y en parte por el tabaco que le sisaba, salía de una hermosa boca cuyos labios estaban atravesados por un percing, como muestra de supuesta rebeldía ante el mundo enemigo de los mayores de los que el formaba ya -irremediablemente- parte.
Por encima de los labios maltratados y la naricilla unos ojos le miraban fijamente demandando una respuesta coherente: “Papi: tienes la cara toda señalada, ¿qué te ha pasado?”
Notó como, de nuevo, los ojos se le humedecían. Ha dicho “papi” –pensó- como cuando era una deliciosa niñita antes de convertirse en un monstruo egoísta, traspasado por agujas y anillos en todos los sitios posibles... “¿Es a mí, hija…?” –le preguntó- “Claro... pero cómete todo esto, papuchi. Y llámame si necesitas algo”.
No podía ser que su hijita hilvanase más de tres palabras seguidas con él... ¡si llevaba cuatro meses, nueve días y dieciséis horas sin hablarle!... En los últimos tiempos sólo conocía de ella los sonidos de “no”, “nunca” y “¿por qué?” y ahora le decía dos frases amables: una con siete palabras y la otra lo menos con nueve...
Era demasiado. ¡Ya está!: los champiñones de anoche estaban haciendo efecto. Los champiñones son al fin y al cabo setas pequeñitas y algunas de estas plantas son alucinógenas y....


La desconcertante mañana estaba transcurriendo maravillosamente. Ni un ruido se oía. Ni el desagradable y contínuo zumbido del móvil de la pequeña en las mañanas de los domingos. Ni la televisión a toda pastilla con los partidos de baloncesto matinales que tanto le gustaban a su hijo. Ni una sola bronca familiar. Ni...
Se había quedado en brazos de Morfeo de nuevo.
Es más, su mujer hasta entornó en algún momento la puerta para que dormitara todo lo que quisiera en esa mañana de ensueño. Incluso depositó sobre la mesilla de noche la interesante novela a medio leer que le había escondido hace meses como represalia –dijo- por no haberle arreglado el video. Junto a ella estaba también un vaso de zumo de naranja fresquito, un paquete enterito de tabaco y las llaves de su coche, cosas dejadas respectivamente por cada miembro familiar...

Eran cerca de las dos de la tarde y notó que su suegra, sorprendentemente, tampoco había llamado por teléfono para cotillear, criticar algo, o bien echarle en cara a su hija el haberse casado con un pasmarote en vez de con aquel otro pretendiente con tanto futuro del Banco Hipotecario.

Todo esto no era habitual. No lo comprendía. Iba contra natura. La lógica de las cosas no cambia tan bruscamente.
Él, que siempre admiró la figura bíblica del santo Job como héroe y paradigma de la paciencia... Él, que nunca se rebeló ante las muchas calamidades hogareñas... Él, ahora, tenía su recompensa por saber aguantar meses de incomprensión.
Su familia en pleno había visto la luz...
Al fin ellos se habían dado cuenta: ni él era el "pasmarote" que le atribuía su histérica suegra, ni el "negrero" con que le designaba su vago hijo, ni el “picoleto” guardián de su niña y, ni mucho menos, el “don nadie” que decía su esposa...
De ser un personaje histórico al que se debería parecer, más bien era a Mahatma Gandhi... Cierto que en un ámbito más sencillo, más familiar, más dominguero...

Porque era domingo. Domingo. De enero. Una fecha y una sospecha cruzaron rápidamente su mente: Domingo 6, Día de Reyes… .¡Ay, claro: los regalos…!


de Paco Córdoba


martes, 18 de marzo de 2008

SIN EMBARGO LA QUIERO

Es encantadora. La conozco desde hace bastante tiempo y siempre nos hemos llevado bien. Ello creo que ha sido posible porque lo mismo que yo, ella ha ido cambiando y evolucionando con los años. Siempre me gustó desde que intimamos, pero ahora reconozco que estoy enganchado, colado, enamorado…
Sé que ella conoce a muchísima gente y sé también que todos quedan prendados de sus encantos, sin diferencias de sexo. Otros la odian. Y no exagero. A mí eso no me afecta; no soy especialmente celoso. Incluso me hace gracia que desconocidos coincidan conmigo o se extrañen que ella comparta incluso cama con un tipo tan soso y formal como yo. Diré que esto último, para mi familia, supuso un palo. Decían que era muy jovencillo y sé que fué verdadero escándalo en el bloque, pero yo paso de qué dirán….
Sé tambien que posee un carácter bastante especial y variable. Dícen que eso ha influido también en mí. Cosa normal, ¿no? Y algún defecto tiene: debo reconocer además que es voluble y es una lástima que le afecte tanto el dinero.
Cuando los fines de semana se me pone sentimental puede hacerme llorar si se lo propone. Pero otras veces es dura y hasta algo violenta cuando coge una marcha y no la sigo. Y, sin embargo, en ocasiones hace reir sin proponérselo. La verdad es que hay días que ella me cambia el estado de ánimo. Yo pregono a gritos que merece ser inmortal.
El problema es que pasamos mucho tiempo juntos y mis vecinos se mosquean, y mis maestros también, y mis amigas me rayan… Todos dicen que no hay quien hable ya conmigo. Mis padres ponen el grito en el cielo y me dicen que me vaya con ella a otra parte y hasta la insultan y todo…
Es lo que peor llevo, pues ¿cómo pueden llamar ruido a mi música?

de Paco Córdoba