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martes, 25 de marzo de 2008

ABDELGHANI

Intentó escribir otra línea más. Intuía que esta vez tenía más faltas de las habituales y que incluso se estaba comiendo alguna que otra letra. Le costaba hilvanar las frases que se le apelotonaban en la mente para poder explicarse. Era verdaderamente difícil poder explicar con palabras los sentimientos que pasaban por su cabeza. Notaba que el lápiz no llevaba muy bien la horizontal que las líneas debían tener, pero esta vez, contra lo habitual, le importaba un pimiento. Se esforzaba en contar, en escribir, en decir con letras, en expresar al fin y al cabo el dolor que ella sentía.
Quería desahogarse contando que, a pesar de la diferencia de edad, había conocido un compañero amable y atento y al que poco a poco había tomado cariño y quería como a un hijo, aunque nunca se lo había dicho. Y lo peor es que ahora tiene la certeza de que nunca más tendrá la oportunidad de decírselo….
Recordaba ahora sus prejuicios cuando lo tuvo por primera vez enfrente. Bien es verdad que algún año lo tuvo más lejos y otros lo tuvo más cerca. Hasta que el año pasado cayó a su lado. Y aquello fue definitivo. Entre los dos se estableció una química especial que rompía moldes…
Recordaba ahora que últimamente bajaban juntos las escaleras bromeando sobre los escalones, la lluvia, la gente o sobre la diferencia de estatura entre ambos…
Recordaba también el trabajo que le costó aprender su nombre y poder pronunciarlo. Y se dio cuenta que ahora podía incluso saludar en su idioma, lo cual le hacía verdadera ilusión. Y que “la prisa mata” era –con acento andaluz- algo así como “lizredmet”, cosa que ella bien repetía cuando le convenía….

Con el paso de los meses concluyó aquello de que el hábito no hace al monje. Con las semanas llegó hasta a saludarle por la calle, primero tímidamente y sólo a él, luego incluso a él y sus amigos. Con lo tímida y asustica que ella era, quién lo hubiera dicho. Porque ella cambió. Ella era otra.
También ellas eran otras. Ellas, que pocos años antes incluso cambiaban de acera al ver gentes de tez morena, habían sufrido un cambio radical. Y todo por su joven compañero…

Porque Filo, a sus 67 años, escribía sobre Abdelghani.
Una indignación, una rabia enorme le corroía. Una pena infinita le llenaba el alma. Y otra lágrima suya cayó sobre el folio que tenía delante. Entonces es cuando vió que no podía más. Llorando a lágrima viva se levantó y le dijo al maestro que se iba a su casa.

Y es que a su compañero marroquí lo habían expulsado. La policía lo había repatriado hoy, 14 de marzo por sorpresa.



de Paco Córdoba

martes, 18 de marzo de 2008

S DE SABER

Él sabe ya que en los trabajos cobrará menos que otros compañeros que hagan lo mismo.
Él sabe que no le alquilarán fácilmente un piso cuando el dueño descubra el color de su piel y que es del sur.
Él sabe que en la mayoría de los bares no será bienvenido o disimuladamente tardarán en servirle.
Él sabe que, cuando pasee por la noche con sus amigos, siempre asustará a las ancianitas ignorantes.
Él sabe de sobra que su pretencioso y engreído jefe es más ignorante aún que él. Y que teme reconocerlo.
Él sabe que en cualquier supermercado resultará sospechoso si observa los productos con detenimiento.
Él sabe que las muchachas evitarán caminar por su misma acera y que grupos de muchachos lo mirarán con recelo.
Él sabe lo que es la distancia y el estar de verdad lejos de sus ancianos padres y de su familia.
Él sabe lo que es la angustia y el miedo tras cinco días de patera o seis escondido en la bodega de un barco.
Él sabe que el empeño de aprender exige un sacrificio, a pesar de intuir que no siempre tiene la merecida recompensa.
Él sabe ya, con certeza, que el racismo nace y crece con la ignorancia en cualquier lado.

Lo que él no sabe es que es mejor persona que muchos y que su maestro está orgulloso de él.
Que es sólo suyo el mérito que haya aprendido a leer y escribir español, contra viento y marea, sacándole horas a su merecido descanso y al sueño.
Y que le gustaría tenerlo por amigo pues le ha enseñado cosas y valores que no se aprenden en la universidad, sino en la vida.


de Paco Córdoba