L evantamos por la presente Acta cada1
E nterramos envidias y procuramos sinceros olvi2
T ras oír durante años tantas quejas de to2
R econocemos Letras y Números que hemos sido mal cria2
A la lucha fraticida -por nuestro orgullo- éramos arrastr2
S olucionemos hoy los enfrentamientos antiguos y profun2
Y hagámoslo hoy en clase de Adultos, en el Día del Libro, ¡par10!
N osotros decimos que somos igual de váli2
U námonos aquí como prueba, ante los clamores terres3
M andemos también esperanzados mensajes firma2
E l que diga después que siempre fuimos unos vendi2
R econocerá que aquellos errores quedaron enterra2
O jocosamente, que pudimos compartir 14 versos p8s
S ellamos este pacto el 23 de abril, convenci2
de Paco Córdoba
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sábado, 12 de abril de 2008
jueves, 10 de abril de 2008
RENCOR
Todos los días los veo venir. Todos. Poco a poco van ocupando sus mesas. Cuando llegan yo ya estoy en mi sitio y, aunque calladita, les oigo criticarme. Yo no digo ni pío pues mi carácter es así y, aunque antes estaba mejor vista, últimamente me cuesta aguantar tonterías. Creo que debe de ser cosa de los años porque –la verdad- ya tengo unos pocos.
Antes, al menos, el maestro se ponía de mi lado; era comprensivo pero ahora veo que los tiempos han cambiado. ¡Vaya si han cambiado! El otro día, precisamente, cuando algunas me criticaban abiertamente, ni siquiera él me salió a defenderme: al contrario, se puso de parte de ellas. No daba crédito a lo que oía cuando le díó la razón a la charlatana de la esquina que me tiene tanta manía. Sé bien lo que me llamó: vieja. ¡Vieja! Éso, a mi entender, no es malo: lo que significa es tener mas experiencia Pero lo dijo dos veces más en toda la tarde. Y podía haber empleado otra palabra. Qué falta de tacto...
La primera vez pensé que al hombre se le había escapado por puro despiste o bien porque trataba de apaciguar a la más criticona, pues le hablaba quedamente a ella, a ella solamente, pues sabe que es la más revoltosa. Yo, ni me inmuté y me hice la distraida. Pero al rato llegó a referirse a mí en los mismos términos. Y me llamó también "impredecible", que de mí se podía esperar cualquier cosa. Eso me dolió muchísimo. Por lo menos podía haber empleado otro adjetivo, ser más diplomático. Pero no.
Veo que ya ha tomado partido. Es evidente que ya no le importo nada. Yo ya soy un cero a la izquierda en esta clase. Y pensar que fue este maestro quien me trajo desde la otra punta del pueblo... Entonces fue cuando me juré que todos, incluido él, me las pagarían. Todos, sí señor. Mientras, yo como si nada, a lo mío, que para eso soy la reina del disimulo...
Antes eran las cosas de otra manera y más o menos a todas caía bien. Conozco a la mayoría, aunque cada año hay gente nueva. Antes eran todas mujeres y, desde unos años para acá, aparecieron hombres. Con ellos siempre me he llevado bien y me tratan con tacto. Porque yo reconozco que tengo mis prontos si me calientan. Sin embargo, con ellas siempre fue un poco diferente. Veo ahora que a las más mayores no les caí bien desde el principio pues tenía cierto encanto pero…. bueno, nos apañábamos todos en la clase y el clima era agradable.
Eso era hace tiempo. No mucho. Luego, la cosa se empezó a torcer: fueron ellas las que me empezaron a tomar manía. Primero -dije- fue la criticona de la esquina. Luego su compañera de al lado. Semanas después ya no eran dos ni tres, sino casi media clase. Aún entonces el maestro me defendía. Pero cuando empezaron los hombres por lo bajo a hablar mal de mí, eso, ya pasó de castaño oscuro. Ellos, que siempre me defendieron. Parece mentira…
No olvidaré nunca la tarde aquella cuando Manolo (“mi Manolo”, el que siempre a escondidas me trató divinamente) se puso de parte de ellas. De “ellas”, las que siempre me ponían de vuelta y media. Aquello me rompió el corazón.
Antes, al menos, el maestro se ponía de mi lado; era comprensivo pero ahora veo que los tiempos han cambiado. ¡Vaya si han cambiado! El otro día, precisamente, cuando algunas me criticaban abiertamente, ni siquiera él me salió a defenderme: al contrario, se puso de parte de ellas. No daba crédito a lo que oía cuando le díó la razón a la charlatana de la esquina que me tiene tanta manía. Sé bien lo que me llamó: vieja. ¡Vieja! Éso, a mi entender, no es malo: lo que significa es tener mas experiencia Pero lo dijo dos veces más en toda la tarde. Y podía haber empleado otra palabra. Qué falta de tacto...
La primera vez pensé que al hombre se le había escapado por puro despiste o bien porque trataba de apaciguar a la más criticona, pues le hablaba quedamente a ella, a ella solamente, pues sabe que es la más revoltosa. Yo, ni me inmuté y me hice la distraida. Pero al rato llegó a referirse a mí en los mismos términos. Y me llamó también "impredecible", que de mí se podía esperar cualquier cosa. Eso me dolió muchísimo. Por lo menos podía haber empleado otro adjetivo, ser más diplomático. Pero no.
Veo que ya ha tomado partido. Es evidente que ya no le importo nada. Yo ya soy un cero a la izquierda en esta clase. Y pensar que fue este maestro quien me trajo desde la otra punta del pueblo... Entonces fue cuando me juré que todos, incluido él, me las pagarían. Todos, sí señor. Mientras, yo como si nada, a lo mío, que para eso soy la reina del disimulo...
Antes eran las cosas de otra manera y más o menos a todas caía bien. Conozco a la mayoría, aunque cada año hay gente nueva. Antes eran todas mujeres y, desde unos años para acá, aparecieron hombres. Con ellos siempre me he llevado bien y me tratan con tacto. Porque yo reconozco que tengo mis prontos si me calientan. Sin embargo, con ellas siempre fue un poco diferente. Veo ahora que a las más mayores no les caí bien desde el principio pues tenía cierto encanto pero…. bueno, nos apañábamos todos en la clase y el clima era agradable.
Eso era hace tiempo. No mucho. Luego, la cosa se empezó a torcer: fueron ellas las que me empezaron a tomar manía. Primero -dije- fue la criticona de la esquina. Luego su compañera de al lado. Semanas después ya no eran dos ni tres, sino casi media clase. Aún entonces el maestro me defendía. Pero cuando empezaron los hombres por lo bajo a hablar mal de mí, eso, ya pasó de castaño oscuro. Ellos, que siempre me defendieron. Parece mentira…
No olvidaré nunca la tarde aquella cuando Manolo (“mi Manolo”, el que siempre a escondidas me trató divinamente) se puso de parte de ellas. De “ellas”, las que siempre me ponían de vuelta y media. Aquello me rompió el corazón.
Por eso hoy ya no siento pena. Hoy solo siento rencor...
De hoy no paso. Hoy será mi venganza. Venganza que llegará a todo el Centro de Educación Permanente de Priego. Hoy, a las 6 de la tarde, y delante de todas y de todos, pienso hacerlo. Hoy sí tendrán un motivo verdadero para hablar mal de mí, para decirme que no sirvo, para llamarme vieja. Hoy dirán que se me han fundido los plomos. Hoy pienso dejarlos pasmados….
Porque hoy, como estufa, pienso dejarlos fríos.
de Paco Córdoba.
De hoy no paso. Hoy será mi venganza. Venganza que llegará a todo el Centro de Educación Permanente de Priego. Hoy, a las 6 de la tarde, y delante de todas y de todos, pienso hacerlo. Hoy sí tendrán un motivo verdadero para hablar mal de mí, para decirme que no sirvo, para llamarme vieja. Hoy dirán que se me han fundido los plomos. Hoy pienso dejarlos pasmados….
Porque hoy, como estufa, pienso dejarlos fríos.
de Paco Córdoba.
miércoles, 2 de abril de 2008
NOVELA NEGRA
Estaban transcurriendo los últimos días del curso más tranquilos que años anteriores. El aire acondicionado de su despacho zumbaba monótonamente lo que unido al cartel de una paradisíaca playa que tenia en la pared de enfrente le confería a su lugar de trabajo un aire exótico y tropical, cercano al verano -sentía ella. Ella era Filomena López –Filo para sus compañeros- que apuraba los últimos días de su cómodo destino laboral en la Delegación Provincial pensando que las ya muy próximas vacaciones bien se las había ganado a pulso.
Filo era Coordinadora de algo que empezó a llamarse “Programa de Educación de Adultos”, un apagafuegos para remediar todos los males educativos y que, con paso de los años, no sabía muy bien ya qué cosa era. Pero poco le importaba, porque "ella" -pensaba- era una triunfadora ya que había logrado quitarse de en medio el fastidio de explicar todas las tardes a marias de armas tomar y noches a jovenzuelos e inmigrantes, en clases mal dotadas y encima andar por carreteras que apenas salían en los mapas de la comunidad autónoma. Filo era una persona “situada”, aunque las malas lenguas la tacharían de desclasada y de renegar de sus orígenes pues nació y se crió un pequeño pueblo de la provincia, aunque presumiera ahora de una ajetreada vida urbana en la capital y que hasta tenía un hijo quinceañero que formaba parte de un grupo postmoderno y a la última.
Por eso le fastidió sobremanera cuando, hojeando aquella mañana el periódico, vió toda una página dedicada a un suceso truculento y que le ateñía: en la sección de Sucesos aparecía la foto de una sala revuelta, estanterías caídas y un individuo con la cabeza apoyada en la mesa, como dormido, y un titular: “Posible asesinato de un maestro de Educación Permanente de Adultos en....” no leyó más.
Filo era Coordinadora de algo que empezó a llamarse “Programa de Educación de Adultos”, un apagafuegos para remediar todos los males educativos y que, con paso de los años, no sabía muy bien ya qué cosa era. Pero poco le importaba, porque "ella" -pensaba- era una triunfadora ya que había logrado quitarse de en medio el fastidio de explicar todas las tardes a marias de armas tomar y noches a jovenzuelos e inmigrantes, en clases mal dotadas y encima andar por carreteras que apenas salían en los mapas de la comunidad autónoma. Filo era una persona “situada”, aunque las malas lenguas la tacharían de desclasada y de renegar de sus orígenes pues nació y se crió un pequeño pueblo de la provincia, aunque presumiera ahora de una ajetreada vida urbana en la capital y que hasta tenía un hijo quinceañero que formaba parte de un grupo postmoderno y a la última.
Por eso le fastidió sobremanera cuando, hojeando aquella mañana el periódico, vió toda una página dedicada a un suceso truculento y que le ateñía: en la sección de Sucesos aparecía la foto de una sala revuelta, estanterías caídas y un individuo con la cabeza apoyada en la mesa, como dormido, y un titular: “Posible asesinato de un maestro de Educación Permanente de Adultos en....” no leyó más.
Ella era de naturaleza nerviosa y, desde el primer momento ya sabía que le habían fastidiado “sus” vacaciones. Alterada, se preguntó cómo podía haber sucedido algo así. Sabía que la profesión de la enseñanza podía tener ribetes peligrosos pero no de esos extremos, y menos en el departamento de Adultos.
Casi de inmediato, cortándole sus pensamientos, entró Gutiérrez el conserje dejándole una carta del Delegado en la que le pedía hiciera un informe detallado del caso, “al margen de la Policía, por pura curiosidad” -especificaba- ya que él se marchaba a un ciclo de conferencias internacionales en el Caribe. Y concluía: “…Por todo ello, estimada compañera –decía la misiva- te ruego redactes un informe del entorno educativo en que se desenvolvió el desafortunado maestro V. C. P. (q.e.p.d.) y que me lo hagas pasar a mi vuelta. Gracias.”
Rodaba por la serpenteante senda provincial con su Volvo nuevecito mientras iba maldiciendo todos los baches que pillaba en el camino. Había olvidado el campo, el color de la tierra… Le sorprendía que las espigas de los cereales estuvieran casi para la siega y que bandadas de pájaros cruzaran los cielos…A lo lejos las altas montañas se recortaban en el horizonte. Poco a poco, adentrándose por caminos de tercer o cuarto orden de la red provincial de carreteras fue acercándose a dichoso pueblo en que impartió clase el tal V.
Casi de inmediato, cortándole sus pensamientos, entró Gutiérrez el conserje dejándole una carta del Delegado en la que le pedía hiciera un informe detallado del caso, “al margen de la Policía, por pura curiosidad” -especificaba- ya que él se marchaba a un ciclo de conferencias internacionales en el Caribe. Y concluía: “…Por todo ello, estimada compañera –decía la misiva- te ruego redactes un informe del entorno educativo en que se desenvolvió el desafortunado maestro V. C. P. (q.e.p.d.) y que me lo hagas pasar a mi vuelta. Gracias.”
Rodaba por la serpenteante senda provincial con su Volvo nuevecito mientras iba maldiciendo todos los baches que pillaba en el camino. Había olvidado el campo, el color de la tierra… Le sorprendía que las espigas de los cereales estuvieran casi para la siega y que bandadas de pájaros cruzaran los cielos…A lo lejos las altas montañas se recortaban en el horizonte. Poco a poco, adentrándose por caminos de tercer o cuarto orden de la red provincial de carreteras fue acercándose a dichoso pueblo en que impartió clase el tal V.
En el asiento de al lado llevaba un sobre con algunos datos del difunto maestro que había logrado recopilar en la Sección de Personal: su especialidad académica, currículum vitae, domicilio y poco más. Y una foto. Una cara de fotomatón, como de detenido por la Guardia Civil: un bigote, una barba, unas ojeras, unas gafas pasadas de moda y una cara de despistado era lo que mostraba la única fotografía que había logrado encontrar en toda la Delegación.
Aparcó -es un decir- el coche en la irregular Plaza del pueblo entre un tractor y una camioneta. Una nube de inquietos chiquillos ya en vacaciones se la quedaron mirando. Inmediatamente se maldijo de no haber venido vestida de otro modo. Con su chaqueta y la falda corta tenía una pinta de señorita de ciudad que no le ayudaría a investigar el caso.
Lo primero que hizo fue preguntar por el Cuartelillo de la Guardia Civil a una abuela que estaba sentada en una silla de anea en la puerta de su casa. La abuela –sorda- le sonrió dos veces haciéndole ver que no entendía y continuó como si nada con su costura, desentendiéndose de la forastera. El grupo cercano de chiquillos, sonrientes, le informaron a gritos que allí no había nada de eso, que los “picoletos” no tenían casa. Fastidiada se vió obligada a hacer algo que no deseaba: entrar en un bar del pueblo a una hora en que, presumiblemente, solo habría hombres....Empujó la puerta de uno cercano y entró.
Allí, en la agradable penumbra de la taberna, parecían estar todos los representantes del sexo masculino de la localidad, jóvenes y mayores. Ni qué decir que momentáneamente se suspendieron todas las partidas de naipes y hasta a alguno se le cayó el cigarro cuando Filo cruzando entre las mesas se acercó, contoneándose, a la barra a preguntar.
Por lo que tras tres cuartos de hora -y cinco cañas de cerveza- pudo averiguar el tal V. C. P. bajo su inocente apariencia, era un tipo de cuidado pues fuera de clase decían que se daba a la bebida (sólo limonadas y gaseosas) e incluso se olvidaba de pagar alegando despiste, por lo que no estaba muy bien considerado en los bares. Concretamente al que entró le debía cerca de 300 euros. y cantidades parecidas –según le aseguraron- en los restantes establecimientos del pueblo.
Salió asombrada de nuevo a la brillante Plaza que, sin sombra, atravesó camino de la Iglesia. Fue recibida por el sacristán, al estar el Sr. Párroco fuera en unos cursillos. O al menos eso le dijo un hombre alto y muy delgado poseedor de un buen manojo de llaves. Deseoso de hablar con Filo la invitó a manzanilla y a un poleo pues la vió un tanto mareada cuando salió de la taberna. Le comentó mientras tanto la vida disoluta que –se decía, y a él que le registren- llevaba el maestro. Tras dos vasos más del sospechoso líquido le confesó que el “maestrucho” ya estaría ardiendo en las llamas del infierno pues tenía pruebas de que no era cristiano; es más, alguna vez se le oyó decir que no tenía ni religión ni patria...
Con el estómago ya algo revuelto el sacristán la encaminó hacia el Ayuntamiento. A esa hora próxima al mediodía estaba a punto de cerrar. La recibió un hombre parapetado tras una gran mesa y una enorme bandera de España que dijo ser el Alcalde.
Tras una breve presentación y después de tener que oir los grandes logros que se habían hecho en el pueblo gracias a su persona y que “él no era político, la verdad sea dicha” el Alcalde pidió excusas y la dejó hablar. Filo logró explicar que ella no era un “alto cargo” de la Junta autonómica, sino un simple cargo intermedio de la Delegación. De todas formas, agradablemente sorprendida por el equívoco, cruzó las piernas y, sacando un cigarrillo, le pidió fuego dispuesta a sonsacarle el máximo de información sobre el maestro... cosa no muy difícil pues el hombre no paraba de hablar, fumar y mirar sus rodillas.
Le confesó ser “apolítico de derechas” y que tantos años de sacrificio como Alcalde se debían a que “todo lo hacía por amor a su pueblo”. Pero que con el maestro en cuestión no se podía hablar pues “a buen seguro que era un anarquista de ésos, que con esa pinta ya se sabe…”. Además él –aseguraba- apenas bebía, no tomaba copas ni cruzaba palabra con semejante personaje. Cuando terminó el paquete de Fortuna, con la cabeza algo aturdida y las rodillas algo “gastadas” por las insistentes miradas del “servidor del pueblo”, decidió salir de la Casa Consistorial.
Anduvo por las calles más empinadas que había visto en su vida. Creyó reconocer ya a varios gatos que se cruzaron con ella y a algún que otro jovenzuelo que la seguía. Tras varias horas en el pueblo y con tres litros de sustancias bailándole en el estómago se dio cuanta que cualquiera hubiera podido haber matado al maestro pues motivos no le faltaban a casi nadie. Aquello cada vez más parecía una novela negra…
Taberneros, cura, Alcalde, jóvenes, ancianos, niños, mujeres... todos, absolutamente todos, tenían cuentas pendientes. Unos u otros lo tachaban de lo más dispar: de bebedor o abstemio, de mujeriego o solitario, de anarquista, comunista, libertino, estafador, ateo, tramposo en las cartas, etc. eran algunos de los adjetivos que describían bien su controvertida personalidad. No faltaba incluso quien insinuaba que ya no llovía tanto en el pueblo desde que andaba por allí… ¡Quién lo diría! Deseaba ver la cara que pondría el Delegado cuando volviera del Caribe y leyera su informe.
Prescindió de hablar con más gente y se encaminó a los locales del Centro de Adultos. En una esquina de una estrecha calle, junto a un antiguo lavadero, estaba el modesto edificio. La puerta estaba abierta y, dentro, una limpiadora trataba de borrar las manchas de una mesa.
Filo se presentó y quiso saber la opinión que le merecía a aquella señora el maestro presuntamente asesinado. La buena mujer “no deseaba hablar mal de nadie” pero a los dos minutos se sinceró diciendo que era muy raro: “en las últimas semanas hablaba solo por la calle y hasta había instalado un jilguero en clase... con el que hablaba de vez en cuando, usted dirá - susurró- si eso no es estar como una regadera". En su opinión se había vuelto loco; así de claro. Cada vez tenía menos amigos -si es que aquí alguna vez los tuvo, dijo- y hasta los alumnos de Graduado le dejaban anónimos escritos a boli en las mesas de clase al pobrecillo. Le señaló que estaba borrando una frase idéntica en todas las mesas: “Ya queda poco” - decía. Sólo eso. Y en todas las veintitantas mesas...
¡Cielos! Eso sonaba a amenaza directa, a una conjura del alumnado -reflexionó a la sombra de un árbol un rato después. ¿Sería algún alumno suspendido el causante de la muerte? Porque lo cierto es que el maestrillo había muerto casi a final de curso. Seguro que alguno que no logró sacar el Graduado tomó cartas en el asunto en complot con cualquier otro vecino... porque el hombre no era muy popular que se diga.
Dedujo que sus alumnos, el Alcalde, el sacristán, tenderos, compañeros... eran demasiados interesados en quitar al hombre de en medio. Claro que a lo mejor era un castigo divino por la vida tan disoluta que había llevado, seguro que era rojo y ateo -pensó Filo. A ella no le hubiera pasado –se repetía- porque ella era “de centro” de toda la vida, y de politiqueos nada de nada… ¡Que le den morcilla! –sentenció.
Volvió a entrar en la humilde clase con idea de recoger sus papeles para la Delegación y salir de aquel pueblo. Allí, en un armario de tercera mano, destartalado, estaban todas las carpetas, memorias, fichas y demás papeles oficiales referentes a todos los cursos desde que se abrió aquel Centro de Educación Permanente de Adultos.
Inspeccionó, por rutina más bien, una cuantas fichas sobre el alumnado, especialmente los de Graduado, por si le diera una pista. Aquellos papeles decían claramente que el maestro era muy duro... o los alumnos nunca tenían el nivel; en siete años nadie había logrado aprobar –según parecía- el Graduado con ese individuo. Desde luego o el muerto era un petardo o los alumnos unos cafres de tan malos. No me extraña su mala fama con los jóvenes -se dijo.
Pero hubo algo que poco a poco le hizo ver la luz. En las diferentes pruebas de las últimas semanas resulta que todos, todos los alumnos, llevaban buenas notas en el último mes y ¡todos, todos! Habían sacado sobresaliente en los exámenes de recuperación. Todos. De golpe. Por primera vez en siete años. ¡Quién lo diría! Y estaban todos los exámenes magníficamente realizados, por cierto.
Y ella, entonces, comprendió... Entendió la foto del diario, el revuelo de papeles. Estaba clarísimo.
Dos días después rellenó el informe confidencial para el Sr. Delegado, confirmando el “asesinato” del maestro de Adultos.... por su propio alumnado, “con tal de quitar del pueblo a semejante figura” -añadió ella en un gesto de compañerismo lleno de lirismo.
Aparcó -es un decir- el coche en la irregular Plaza del pueblo entre un tractor y una camioneta. Una nube de inquietos chiquillos ya en vacaciones se la quedaron mirando. Inmediatamente se maldijo de no haber venido vestida de otro modo. Con su chaqueta y la falda corta tenía una pinta de señorita de ciudad que no le ayudaría a investigar el caso.
Lo primero que hizo fue preguntar por el Cuartelillo de la Guardia Civil a una abuela que estaba sentada en una silla de anea en la puerta de su casa. La abuela –sorda- le sonrió dos veces haciéndole ver que no entendía y continuó como si nada con su costura, desentendiéndose de la forastera. El grupo cercano de chiquillos, sonrientes, le informaron a gritos que allí no había nada de eso, que los “picoletos” no tenían casa. Fastidiada se vió obligada a hacer algo que no deseaba: entrar en un bar del pueblo a una hora en que, presumiblemente, solo habría hombres....Empujó la puerta de uno cercano y entró.
Allí, en la agradable penumbra de la taberna, parecían estar todos los representantes del sexo masculino de la localidad, jóvenes y mayores. Ni qué decir que momentáneamente se suspendieron todas las partidas de naipes y hasta a alguno se le cayó el cigarro cuando Filo cruzando entre las mesas se acercó, contoneándose, a la barra a preguntar.
Por lo que tras tres cuartos de hora -y cinco cañas de cerveza- pudo averiguar el tal V. C. P. bajo su inocente apariencia, era un tipo de cuidado pues fuera de clase decían que se daba a la bebida (sólo limonadas y gaseosas) e incluso se olvidaba de pagar alegando despiste, por lo que no estaba muy bien considerado en los bares. Concretamente al que entró le debía cerca de 300 euros. y cantidades parecidas –según le aseguraron- en los restantes establecimientos del pueblo.
Salió asombrada de nuevo a la brillante Plaza que, sin sombra, atravesó camino de la Iglesia. Fue recibida por el sacristán, al estar el Sr. Párroco fuera en unos cursillos. O al menos eso le dijo un hombre alto y muy delgado poseedor de un buen manojo de llaves. Deseoso de hablar con Filo la invitó a manzanilla y a un poleo pues la vió un tanto mareada cuando salió de la taberna. Le comentó mientras tanto la vida disoluta que –se decía, y a él que le registren- llevaba el maestro. Tras dos vasos más del sospechoso líquido le confesó que el “maestrucho” ya estaría ardiendo en las llamas del infierno pues tenía pruebas de que no era cristiano; es más, alguna vez se le oyó decir que no tenía ni religión ni patria...
Con el estómago ya algo revuelto el sacristán la encaminó hacia el Ayuntamiento. A esa hora próxima al mediodía estaba a punto de cerrar. La recibió un hombre parapetado tras una gran mesa y una enorme bandera de España que dijo ser el Alcalde.
Tras una breve presentación y después de tener que oir los grandes logros que se habían hecho en el pueblo gracias a su persona y que “él no era político, la verdad sea dicha” el Alcalde pidió excusas y la dejó hablar. Filo logró explicar que ella no era un “alto cargo” de la Junta autonómica, sino un simple cargo intermedio de la Delegación. De todas formas, agradablemente sorprendida por el equívoco, cruzó las piernas y, sacando un cigarrillo, le pidió fuego dispuesta a sonsacarle el máximo de información sobre el maestro... cosa no muy difícil pues el hombre no paraba de hablar, fumar y mirar sus rodillas.
Le confesó ser “apolítico de derechas” y que tantos años de sacrificio como Alcalde se debían a que “todo lo hacía por amor a su pueblo”. Pero que con el maestro en cuestión no se podía hablar pues “a buen seguro que era un anarquista de ésos, que con esa pinta ya se sabe…”. Además él –aseguraba- apenas bebía, no tomaba copas ni cruzaba palabra con semejante personaje. Cuando terminó el paquete de Fortuna, con la cabeza algo aturdida y las rodillas algo “gastadas” por las insistentes miradas del “servidor del pueblo”, decidió salir de la Casa Consistorial.
Anduvo por las calles más empinadas que había visto en su vida. Creyó reconocer ya a varios gatos que se cruzaron con ella y a algún que otro jovenzuelo que la seguía. Tras varias horas en el pueblo y con tres litros de sustancias bailándole en el estómago se dio cuanta que cualquiera hubiera podido haber matado al maestro pues motivos no le faltaban a casi nadie. Aquello cada vez más parecía una novela negra…
Taberneros, cura, Alcalde, jóvenes, ancianos, niños, mujeres... todos, absolutamente todos, tenían cuentas pendientes. Unos u otros lo tachaban de lo más dispar: de bebedor o abstemio, de mujeriego o solitario, de anarquista, comunista, libertino, estafador, ateo, tramposo en las cartas, etc. eran algunos de los adjetivos que describían bien su controvertida personalidad. No faltaba incluso quien insinuaba que ya no llovía tanto en el pueblo desde que andaba por allí… ¡Quién lo diría! Deseaba ver la cara que pondría el Delegado cuando volviera del Caribe y leyera su informe.
Prescindió de hablar con más gente y se encaminó a los locales del Centro de Adultos. En una esquina de una estrecha calle, junto a un antiguo lavadero, estaba el modesto edificio. La puerta estaba abierta y, dentro, una limpiadora trataba de borrar las manchas de una mesa.
Filo se presentó y quiso saber la opinión que le merecía a aquella señora el maestro presuntamente asesinado. La buena mujer “no deseaba hablar mal de nadie” pero a los dos minutos se sinceró diciendo que era muy raro: “en las últimas semanas hablaba solo por la calle y hasta había instalado un jilguero en clase... con el que hablaba de vez en cuando, usted dirá - susurró- si eso no es estar como una regadera". En su opinión se había vuelto loco; así de claro. Cada vez tenía menos amigos -si es que aquí alguna vez los tuvo, dijo- y hasta los alumnos de Graduado le dejaban anónimos escritos a boli en las mesas de clase al pobrecillo. Le señaló que estaba borrando una frase idéntica en todas las mesas: “Ya queda poco” - decía. Sólo eso. Y en todas las veintitantas mesas...
¡Cielos! Eso sonaba a amenaza directa, a una conjura del alumnado -reflexionó a la sombra de un árbol un rato después. ¿Sería algún alumno suspendido el causante de la muerte? Porque lo cierto es que el maestrillo había muerto casi a final de curso. Seguro que alguno que no logró sacar el Graduado tomó cartas en el asunto en complot con cualquier otro vecino... porque el hombre no era muy popular que se diga.
Dedujo que sus alumnos, el Alcalde, el sacristán, tenderos, compañeros... eran demasiados interesados en quitar al hombre de en medio. Claro que a lo mejor era un castigo divino por la vida tan disoluta que había llevado, seguro que era rojo y ateo -pensó Filo. A ella no le hubiera pasado –se repetía- porque ella era “de centro” de toda la vida, y de politiqueos nada de nada… ¡Que le den morcilla! –sentenció.
Volvió a entrar en la humilde clase con idea de recoger sus papeles para la Delegación y salir de aquel pueblo. Allí, en un armario de tercera mano, destartalado, estaban todas las carpetas, memorias, fichas y demás papeles oficiales referentes a todos los cursos desde que se abrió aquel Centro de Educación Permanente de Adultos.
Inspeccionó, por rutina más bien, una cuantas fichas sobre el alumnado, especialmente los de Graduado, por si le diera una pista. Aquellos papeles decían claramente que el maestro era muy duro... o los alumnos nunca tenían el nivel; en siete años nadie había logrado aprobar –según parecía- el Graduado con ese individuo. Desde luego o el muerto era un petardo o los alumnos unos cafres de tan malos. No me extraña su mala fama con los jóvenes -se dijo.
Pero hubo algo que poco a poco le hizo ver la luz. En las diferentes pruebas de las últimas semanas resulta que todos, todos los alumnos, llevaban buenas notas en el último mes y ¡todos, todos! Habían sacado sobresaliente en los exámenes de recuperación. Todos. De golpe. Por primera vez en siete años. ¡Quién lo diría! Y estaban todos los exámenes magníficamente realizados, por cierto.
Y ella, entonces, comprendió... Entendió la foto del diario, el revuelo de papeles. Estaba clarísimo.
Dos días después rellenó el informe confidencial para el Sr. Delegado, confirmando el “asesinato” del maestro de Adultos.... por su propio alumnado, “con tal de quitar del pueblo a semejante figura” -añadió ella en un gesto de compañerismo lleno de lirismo.
de Paco Córdoba
jueves, 20 de marzo de 2008
LA COTILLA
Algunas es que tenemos mala fama sin comerlo ni beberlo. Sin embargo los diccionarios aclaran el término diciendo que una cotilla es la “amiga de cuentos”. Una cuentista ¿no...? Y, eso yo no lo veo peyorativo pues… ¡Anda que no hay gente que vive de eso!. Claro que después esos libros se explayan y especifican más diciendo que es equivalente a: "chismosa, trolista, embustera, mentirosa, impostora, fabuladora, propagadora de patrañas", etc. etc...
Nada bueno ni halagador. Un desastre.
Pero no es verdad. Al menos, en lo que a mí concierne.
Hombre, cierto es que me entero de muchísimas cosas: desde los deseos más ocultos, hasta los secretos más inconfesables. Pero, oigan, yo me entero sin preguntar directamente. No a través de otros, sino bien cerquita, sin disimulos.
Hombre, cierto es que me entero de muchísimas cosas: desde los deseos más ocultos, hasta los secretos más inconfesables. Pero, oigan, yo me entero sin preguntar directamente. No a través de otros, sino bien cerquita, sin disimulos.
Es la gente la que me cuenta cosas. Muchas, sin que yo pregunte nada. En el fondo creo que así se sienten mejor. Pero no vayan a creer yo voy por ahí pregonando. No. De éso, nada.
En confianza diré que, si me pongo un poquito tierna, los niños me hablan de sus sueños. Y sin rubor aclaro que hasta me acarician y todo. Yo a cambio les ayudo a dormir.
En confianza diré que, si me pongo un poquito tierna, los niños me hablan de sus sueños. Y sin rubor aclaro que hasta me acarician y todo. Yo a cambio les ayudo a dormir.
Pero con la gente mayor creo que no tengo tanta maña, pues se empeñan en compartir sus preocupaciones conmigo y, claro, se desvelan. Y algunos se ve de lejos que no tienen la conciencia muy limpia. Pero estoy acostumbrada.
Ya digo que tengo mala fama, a pesar de que todos me conocen y los conozco desde que apenas han nacido. Son incapaces de reconocer que todos, absolutamente todos, me utilizan.
Ya digo que tengo mala fama, a pesar de que todos me conocen y los conozco desde que apenas han nacido. Son incapaces de reconocer que todos, absolutamente todos, me utilizan.
Ya sé que también hablan a mis espaldas. No me ofendo. Yo a todos les sirvo lo mejor que puedo. Ello va en mi carácter de almohada.
de Paco Córdoba
martes, 18 de marzo de 2008
VIDA PELIGROSA
No lo puedo evitar: yo soy terriblemente sincero Esto es de por sí un problema en la calle, pero especialmente en casa, en la que a veces parece que estoy de prestado, como si no me conocieran ya lo suficiente.
En estos tiempos de tanta mentira e impostura yo voy contracorriente: yo nunca engaño, sea lo que sea y pase lo que pase. Y, no crean, me doy cuenta que eso es peligroso.
Comprendo que ser sincero puede incluso acabar con mi vida o, cuanto menos, con mi trabajo. Sé de conocidos que no llegaron a viejos que terminaron jubilados prematuramente, destrozados, o en la basura. Sé también que la vida, la nuestra, la de todos nosotros, es un riesgo.
Decía que soy claro y directo, que no puedo mentir nunca. Claro que, según se mire, eso es bueno o malo. Por otro lado la verdad es que soy un tipo irresistible, fuera y dentro de casa. No crean que es vanidad, no. Noto que todos me miran. Algunos de reojo o disimulados, aunque no lo digan. Algunos hasta se atreven a hablarme. Pero yo, eso sí: calladito, vaya a ser peor.
Pero en esta casa lo paso fatal especialmente por las mañanas. Es el peor momento, porque yo digo solo lo que veo y de ninguna manera puedo disimular. Ello va en mi carácter.
En esta casa me trato con todos y ya no soy un extraño. Incluso el chiquitín ya me sonríe desde la cuna. Pero papá y mamá me miran cada día más preocupados. Sin embargo sé que la más me estima es Marisa pues creo que está en la edad del pavo. No sé qué haría sin mí…
Aquí me apaño muy bien y estoy muy a gusto. Tengo un cuarto para mí solito. No me quejo, pues sé de otros pisos cercanos en los que parientes chicos y grandes comparten una sola habitación.
Lo único que presiento es que en este mundo de engreídos y mentirosos en que me ha tocado vivir, tarde o temprano, mi franqueza como espejo me causará un disgusto gordo.
de Paco Córdoba.
En estos tiempos de tanta mentira e impostura yo voy contracorriente: yo nunca engaño, sea lo que sea y pase lo que pase. Y, no crean, me doy cuenta que eso es peligroso.
Comprendo que ser sincero puede incluso acabar con mi vida o, cuanto menos, con mi trabajo. Sé de conocidos que no llegaron a viejos que terminaron jubilados prematuramente, destrozados, o en la basura. Sé también que la vida, la nuestra, la de todos nosotros, es un riesgo.
Decía que soy claro y directo, que no puedo mentir nunca. Claro que, según se mire, eso es bueno o malo. Por otro lado la verdad es que soy un tipo irresistible, fuera y dentro de casa. No crean que es vanidad, no. Noto que todos me miran. Algunos de reojo o disimulados, aunque no lo digan. Algunos hasta se atreven a hablarme. Pero yo, eso sí: calladito, vaya a ser peor.
Pero en esta casa lo paso fatal especialmente por las mañanas. Es el peor momento, porque yo digo solo lo que veo y de ninguna manera puedo disimular. Ello va en mi carácter.
En esta casa me trato con todos y ya no soy un extraño. Incluso el chiquitín ya me sonríe desde la cuna. Pero papá y mamá me miran cada día más preocupados. Sin embargo sé que la más me estima es Marisa pues creo que está en la edad del pavo. No sé qué haría sin mí…
Aquí me apaño muy bien y estoy muy a gusto. Tengo un cuarto para mí solito. No me quejo, pues sé de otros pisos cercanos en los que parientes chicos y grandes comparten una sola habitación.
Lo único que presiento es que en este mundo de engreídos y mentirosos en que me ha tocado vivir, tarde o temprano, mi franqueza como espejo me causará un disgusto gordo.
de Paco Córdoba.
TESTIGO
Allí estaba. Asomada al vacío.
Una gran altura sin duda.
Él miraba su hacer.
La estaba mirando desde hacía rato.
Ella era sin duda una exhibicionista de largas extremidades.
Confiada y arriesgada, ni se inmutaba.
Y él se estaba poniendo cada vez más nervioso.
La cretina no sabía que alguien la estaban observando desde una distancia bien cercana.
Ella, ellas, todas, -pensaba- son así.
Caería sin remedio al abismo, podría jurarlo.
Y sin embargo él no haría nada.
Tumbado tan cómodamente como estaba en su terraza el no pensaba ni mover un dedo.
Bien mirado él, solamente movería uno.
Uno sólo: el dedo gordo por donde la estúpida hormiga había subido. ….
Y, claro, caería.
Si ya lo veía venir.
de Paco Córdoba
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